23 nov 2010

Bajo la Piel de un Nicanor de Verdad

Ing. Armando Lopez-Calleja

8 Noviembre 2010

No creo que exista un solo cubano que no haya visto su cara alguna vez, en la pantalla grande o la chica, o en un escenario teatral. Es uno de los actores más reconocibles del panorama nacional.

Probablemente en ello influya el nada desdeñable dato de su filmografía: 63 películas, entre cubanas y coproducciones extranjeras. Una cifra astronómica para un artista de esta Isla siempre limitada.

Desde películas antológicas como Clandestinos, o Adorables Mentiras; pasando por la Guantanamera que dirigió el más genial cineasta cubano de la historia, Tomás Gutiérrez Alea; y terminando hace muy poco con El Premio Flaco de Juan Carlos Cremata, Luis Alberto García se ha vuelto imprescindible en el empeño de valorar los procesos culturales de la nación cubana.

Entre otras cosas, porque se trata un actor con una sólida talla intelectual -como pocos- que le ha valido el respeto del público y de sus colegas, y que le ha llevado a enrolarse en proyectos que, para otros, serían de una impensable temeridad.

El personaje de Nicanor O´Donnell, en la serie de cortometrajes dirigidos por Eduardo del Llano, ha impactado enormemente en la sociedad cubana como un producto underground que se consume con avidez. Los cortos, a pesar de su circulación clandestina, han logrado repercusión en todos los ámbitos, incluyendo por supuesto el de internet.

Así pues, para el fisgón empedernido que soy, un contacto con “el Nicanor de verdad”, el hombre divertidísimo y de un verbo privilegiado que encarna al personaje, resultaba casi obligatorio.

Lo que reproduzco a continuación es un breve fragmento del diálogo que sostuvimos en su apartamento en Ciudad de la Habana, hace sólo cuatro días, mientras Luis Alberto alimentaba, intentaba dormir, y aseaba, a su pequeña bebé de dos meses de nacida (a quien nombró, por cierto, Vida).

La obligación de ser un papá amorosísimo no impidió que me concediera una excelente entrevista, cargada de ironías, reflexiones inteligentes, y mucha honestidad, que asumo será un texto especial dentro de mi ya concluido libro periodístico.

- Luis Alberto, en una entrevista con Edmundo García para “La noche se mueve”, dijiste que no te reconocías en las series cubanas, tampoco en la televisión nacional. Que no reconocías en ellas al país en que vives. ¿A qué crees tú que se deba este hecho?

Mira, el error siempre ha estado en esa especie de filosofía de “fortaleza sitiada” que han querido inculcarnos desde hace 50 años quienes nos dirigen.

Hay un pensamiento muy fuerte, extendido en todas las áreas, que dice que airear los trapos sucios, y tenderlos al sol, es debilitar el proceso. Siempre ellos lo han visto así. Desde “Palabras a los Intelectuales”, discurso de Fidel que pende sobre esa pregunta que me has hecho.

A partir del ´61 cuando Fidel dice aquello de “Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”, se abren miles de interrogantes: ¿Quién decide qué obra artística es contra la Revolución o está a favor de esta? ¿Quién decide qué producto es beneficioso para un proceso social, y cuál no?

Siempre me ha parecido un poco absurdo, y luego la vida demostró lo dañino que ha sido ese pensamiento. Está muy bien dicho en un discurso, incluso es una gran frase, si se quiere, pero llevada a la práctica es un problema, porque entonces cuando un muchacho en Ciego de Ávila escribe una obra de teatro, ¿hay que llevársela a Fidel y decirle: “Comandante léase esta obra para que usted decida si está dentro o fuera de la Revolución”? Eso es un disparate.

Y como eso es imposible, nace entonces otro problema mayor: después de las palabras de Fidel, vienen las “interpretaciones de las palabras de Fidel”, y cada persona que ha ocupado un puesto clave en la cultura de este país, ha tenido un pensamiento diferente en ese sentido, dependiendo de sus prejuicios y de su nivel cultural.

¿Qué fue lo más fácil entonces? En lugar de lidiar obra a obra, autor por autor, pues dijeron así: “No hay que poner en las obras de arte los defectos del país, o los errores de la Revolución, o los problemas de nuestra sociedad, porque eso es darle armas a nuestros enemigos. Y como somos un país bloqueado darle armas a nuestros enemigos significa que una obra que muestre lo malo, lo feo de este país, es una obra que automáticamente se alinea al lado del enemigo”.

Eso es una barrabasada: pedirle al arte que no refleje su entorno. El artista no tiene otra alternativa que hablar de lo que ve, lo que le rodea, de cuán mal o cuán bien está su realidad. No le pidas peras al olmo.

Entonces lo que me pasa a mí como actor, y que le respondí a Edmundo, es que el reflejo de la realidad que vivo está tan distante de lo que veo en las series o en los programas de televisión, que no me reconozco, no encuentro en ellas ningún punto en común conmigo.

Qué sentido tiene, entonces, que todos los días en este país nos dijeran, cuando éramos niños, que no debíamos mentir, que debíamos decir la verdad, y que después cuando seamos adultos nos digan: “Sí, pero no toda la verdad”. O esa otra frase terrible que es: “No todas las verdades son para todos los oídos”.

Se trata de una cultura del oscurantismo, de tenerle la bola escondida a la gente, que es intolerable.

Yo, por ejemplo, todavía me estoy preguntando qué pasó con los muertos del Hospital Psiquiátrico “Mazorra”, el año pasado. Si el periódico de mi país dijo que se iba a abrir una investigación para conocer causas y sancionar culpables… ¿dónde está esa investigación?

Todavía me estoy preguntando qué pasó con los policías que le dieron una golpiza el equipo Industriales en el estadio de Sancti Spíritus, que está grabada por varios teléfonos y ha recorrido todas las computadoras de este país.

Alguien me dijo el otro día: “Fueron sancionados”. Bueno, pero es que yo tengo todo el derecho del mundo, como ciudadano de este país, a que me digan quiénes fueron los sancionados, y a cuánto, para que eso no vuelva a ocurrir.

Porque las imágenes de esa golpiza en el estadio de Sancti Spíritus no se diferencian en absolutamente nada de las que vi cuando fui a hacer Clandestinos: la policía batistiana aporrando a los muchachos del “Movimiento 26 de Julio” en el estadio del Cerro. Eran las mismas cachiporras, las mismas bofetadas, arrastrando gente por el piso. Y yo necesito, o mejor aún, exijo como ciudadano, que me den una explicación.

Otro ejemplo más abarcador: la decisión de poner el video que probaba los supuestos errores de Felipe Pérez Roque y Carlos Lage como altos funcionarios de este país, fue tomada en las altas esferas, supongo. Pero esa decisión aprobó que el video fuera mostrado sólo a los militantes del Partido Comunista.

Mi pregunta es muy simple: si ellos en verdad traicionaron, ¿traicionaron nada más que a los militantes del Partido, o fue a un pueblo entero que confiaba en sus gestiones y en su honestidad para mejorar la vida del ciudadano común?

Entonces, eso de que no todas las verdades son para todos los oídos, y que no todas las realidades pueden ser exhibidas en un país, es algo terrible. Es como vivir en una casa donde te han enseñado a pensar con cabeza propia, pero que cuando vas creciendo descubres que en esa casa hay habitaciones a las que no te dejan entrar, que las tienen cerradas a cal y canto. Inevitablemente, si eres una persona inteligente, y si de verdad la sed de conocimientos te mueve el piso, más tarde o más temprano vas a querer abrir esas puertas. Con permiso o sin permiso.

Lo que hace falta es voluntad política y honestidad para cambiar nuestros males, y para abordarlos sin hipocresía. Hace falta voluntad política para decir: “Señores, no hacemos nada con esconder la mierda. La mierda hay que tirarla contra el ventilador. La ropa sucia hay que lavarla, y sacarla al sol. Porque tú decides hoy esconderla en un cesto, y mañana en otro, pero el tiempo sigue pasando y algún día no nos van a alcanzar todos los cestos para tanta ropa que lavar”.

- Eso se emparenta mucho, Luis Alberto, con la respuesta que le diste a otro periodista, en Gibara, cuando este te pidió que resumieras con una frase lo que para ti significaba el corto “Brainstorm”. Le dijiste: “Los cubanos se merecen una mejor prensa…”

Desde luego.
Y eso lo que significa simplemente es: yo no quiero enterarme por canales extranjeros, por agencias extranjeras, por programas televisivos de otro país, de lo que sucede aquí donde yo vivo. Porque aunque los cubanos no tengamos internet o televisión por cable, esos materiales siempre nos llegan, y nos enteramos con días de retraso de las cosas que pasaron a nuestro alrededor.

No quiero que las noticias se sigan publicando en este país seis días después de que sucedan, y porque se forme una gran alharaca a nivel internacional y entonces de alguna manera haya que explicarle a la gente que algo ha ocurrido.

Yo quiero una prensa que me cuente sobre el país en que vivo. Que me informe. Pero que lo haga sin esconderme errores, ni adulterarme cifras.

Mire señor, si Zapata hizo una huelga de hambre y se murió, no es agradable tener que darle la noticia al pueblo. Cierto que no lo es. De cosas no agradables está llena la vida. Pero la gente de aquí dentro tiene derecho de conocer que eso ocurrió, y nadie debería escamotearles ese derecho.

Muchas veces vemos en el noticiero, por ejemplo, “Una respuesta a algo que dijo una bloguera en tal sitio” y tú sales a la calle y muchas veces las personas no conocen quién es esa persona. Entonces ni entienden esa respuesta oficial, ni pueden medir o valorar por sí mismos lo que dijo la bloguera.
Y lo triste es que a Yoani Sánchez la conoce el mundo entero, y alguien que puede vivir enfrente de su edificio no sabe quién es. Eso es humillante para los cubanos, ni más ni menos.

Por favor… hay que enfrentar al toro por los cuernos. Eso oxigenaría los pulmones de esta sociedad. Esa transparencia, esa veracidad sería vital para empezar a construir un mejor país.

Por lo menos, sí necesito transparencia y verdad. Y cuando siento que me están escondiendo la bola, me irrito y después salgo a buscar la verdad que la prensa de mi país no ha querido ofrecerme.

Estoy seguro que eso le sucede a todo el que se niega rotundamente a comportarse como rebaño. Sin ánimos de ofender a nadie.

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