15 ago. 2012


GUILLERMO DESCALZI: Romney-Ryan

 

El candidato presidencial republicano Mitt Romney (izq.) y su compañero de boleta, el representante Paul Ryan, de Wisconsin, realizan un acto de campaña en el Instituto Técnico NASCAR, en Mooresville, Carolina del Norte, el domingo pasado.
El candidato presidencial republicano Mitt Romney (izq.) y su compañero de boleta, el representante Paul Ryan, de Wisconsin, realizan un acto de campaña en el Instituto Técnico NASCAR, en Mooresville, Carolina del Norte, el domingo pasado. 
ADAM JENNINGS / MCT
Eligió a Paul Ryan, una de las estrellas del conservadorismo en el Congreso. Es un político de personalidad efusiva, teapartidista y buen orador. El nombramiento de Ryan envía señales de docilidad tanto al teapartidismo como a la ultraderecha, que son casi lo mismo, y lo ayudará con ellas. El problema es que no lo va a ayudar con nadie más. Ryan quiere recortes en servicios y alivio a los millonarios. Quiere acabar el Medicare tal como lo conocemos. Propone cupones de salud para la vejez, algo como los cupones de alimentos, y si el anciano quiere más, entonces que el anciano pague la diferencia. A eso lo lleva su visión conservadora, y Romney espera que lo ayude a legitimizar su corazón.
Ni Ryan ni Biden van a cambiar a Obama o Romney. El problema en los dos tickets sigue en el primer puesto, Obama y Romney. Son dos políticos fallidos. Romney es visto como un Robin Hood al revés, campeón de los que creen en disciplinar a quienes tienen menos y aliviar a quienes tienen más para que empleen a los disciplinados y todos prosperemos. A Obama se le considera baloney, que en terminología inglesa significa falso. Oba-loney falseó su persona y sus promesas. Despertó ilusión y desilusionó. Prometió revisar los tratados de libre comercio y no lo hizo. Prometió un gobierno libre de cabilderos y puso cabilderos en puestos claves. Prometió reforma migratoria y batió el record en deportaciones. La contienda entre Oba-loney y Romney-hood tiene al país maravillado por la duplicidad de ambos personajes, con Romney a la delantera en duplicidad. Es duplícito por personalidad e historia. Empezó temprano en su carrera. Inició Bain Capital con una conexión en Miami, a donde viajó para conseguir dinero en 1984. Lo consiguió. Un 40% del capital con que empezó su empresa fue de familias que solventaron, apoyaron y dirigieron los escuadrones de la muerte en la guerra civil salvadoreña. Es una acción que demuestra que ya entonces actuaba de acuerdo a su imagen de hombre a gusto con quienes para hacer dinero no tienen mucho reparo en ajustar a los de abajo. Las familias de su 40% fueron señaladas por la embajada americana de esa época como financistas y promotores de los escuadrones de la muerte.
Yo conocí y tuve repetidamente en mi programa, Temas y Debates, a Robert White, embajador de Jimmy Carter en El Salvador. White me confirmó la relación de las familias con los escuadrones de la muerte. Romney se reunió con sus representantes en su viaje del 84 a Miami, y llegaron a un acuerdo. El resto fue felicidad financiera para ambos lados, las familias de allá y Bain Capital de acá. Un documento de la CIA, lleno de tachas y reportado por la prensa, reconfirmó ese mismo año la conexión de los mencionados inversionistas con los escuadrones de la muerte. Romney usó su dinero y la relación prosperó. El hoy candidato a la presidencia les agradeció su apoyo en una reunión del 2007 en Miami. Se estima que alrededor de 35 mil personas fueron ejecutadas por los escuadrones de la muerte en la guerra civil salvadoreña.
El nombramiento de Paul Ryan no va a alterar nada de esto. Romney confía en el magnetismo y atractivo conservador de su compañero. El magnetismo atrae y repele. El de Romney parece tener bastante de lo último, y hacerlo atractivo no será fácil. Es una tarea tan aparentemente compleja que puede convertirse en pesadilla republicana. El candidato necesita un sueño dorado para el partido. Es precisamente para eso que tiene a Ryan, y para validar su conservadorismo. La estabilidad de Romney en su presente encarnación política es frágil. Enfrentar al Romney anti Romney de hoy con el Romney de ayer puede producir chispas, humo y hasta fuego. Obama lo podría hacer en los debates, y si esto parece complicado es porque el candidato es complicado, rebuscado, hurgado y camuflado. Su nexo salvadoreño despliega su necesidad de camuflaje en todo su esplendor. Romney es así por una necesidad a cuya luz muchas de sus transformaciones parecen asunto menor. Él es, después de todo, el candidato que en una encarnación anterior se declaró más pro gay que Ted Kennedy, más a favor del aborto que las feministas, y más que Obama en su fervor por un mandato de seguro médico universal. No se necesita más que unir los dos Romneys para que se evidencien las fallas en su interior. Romney el que ajusta a los de abajo y alivia a los de arriba para crear riqueza, Romney el nervioso, Romney el falto de sentido común, Romney el anti Romney, y demás Romneys, necesitan todos un milagro. Su campaña espera que Ryan sea ese milagro.

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